LAS CHICAS DEL CALENDARIO

29/1/2006

Las mujeres de Rylstone
Once mujeres de entre 45 y 65 años, miembros de un tradicional club inglés de señoras, el Women’s Institute, posaron desnudas para un calendario que se vendería para reunir fondos en la lucha contra la leucemia, que había matado al marido de una de ellas.

La primera vez que las mujeres se plantearon esta posibilidad, pero en tono de broma, fue en 1997. Y así quedó la idea, como un chiste, hasta que John Baker, el marido de Angela Baker, una de las señoras del club, se enfermó de leucemia en febrero de 1998.

Este hecho cambió la perspectiva de Angela y sus amigas. Querían reunir dinero para el hospital de Leeds, donde John había recibido su tratamiento contra el cáncer.
Tricia Stewart, la mejor amiga de Angela, fue la primera que habló en serio de desnudarse para un calendario. Pensó en algo audaz, pero que respetaría el espíritu del club porque incluiría escenas tradicionales. Las voluntarias posarían para las fotos junto a un arreglo floral, un tejido, una pila de conservas. Estarían desnudas pero siempre habría algo que las cubriría estratégicamente: un florero, un libro, una tetera.

Una foto
Beryl Bamforth, 66
Cuando idearon su proyecto las señoras de Rylstone pensaban juntar ocho mil libras. Terminaron reuniendo 600 mil, que donaron enteramente a la investigación contra la leucemia. “No teníamos idea de que esto iba a ser un éxito tan grande. De hecho, nos preguntábamos quién iba a comprar calendarios con fotos de nosotras”, le dijo Angela Baker al Seattle Post-Intelligencer. Los resultados sobrepasaron sus sueños más atrevidos.

Calendario
El calendario se transformó en un fenómeno económico y de ventas (en Estados Unidos sobrepasaron en ventas a los calendarios de Britney Spears y Cindy Crawford) y la historia de su gestación fue llevada al cine en el año 2003.

afiche de la película
Es una pelícila inglesa que dirigió Nigel Cole (el mismo director de otra deliciosa película: “El jardín de la alegría”) y las protagonistas son, entre muchas otras, Helen Mirren y Julia Walters. En la siguiente foto, podemos ver a las protagonistas de la historia real, Angela y Tricia, junto a las actrices que las representaron.

Protagonistas
De verdad, no se la pierdan.

LAS BIOGRAFÍAS

23/1/2006

Hoy leía que a Virginia Woolf no le gustaban las biografías ni los biógrafos, porque en su opinión ponían la mirada en los hechos y no en las emociones. Tal vez sea verdad, pero también lo es que rescatar las vidas de las mujeres es rescatar nuestra genealogía. Es reconocernos en una línea histórica. Es saber quiénes estuvieron antes que nosotras, es saber que hubo mujeres que hicieron, pintaron, escribieron…
Me gustan las biografías por eso y es por eso que, aunque a Virginia no le gusten, seguiré indagando vidas, para permitirnos a todas saber de dónde venimos…

NUNCA SERÉ VENCIDA

20/1/2006

“Nunca seré vencida. Sólo a fuerza de vencer. Puesto que cada una de las trampas que sorteo me encierran en el amor, que acabará por ser mi tumba, terminaré mi vida en un calabozo de victorias. Sólo la derrota encuentra llaves y abre puertas. La muerte, para alcanzar al fugitivo, se ve obligada a moverse, a perder esa fijeza que nos hace reconocer en ella al duro contrario de la vida. Nos da la muerte del cisne golpeado en pleno vuelo; la de Aquiles, agarrado por los cabellos por no se sabe qué Razón sombría. Como en el caso de la mujer asfixiada en el vestíbulo de su casa de Pompeya, la muerte no hace sino prolongar en el otro mundo los corredores de la huida. Mi muerte, la mía, será de piedra. Conozco las pasarelas, los puentes giratorios, todas las zapas de la Fatalidad. No puedo perderme. La muerte, para acabar conmigo, tendrá que contar con mi complicidad”

Marguerite Yourcenar, “Fuegos”

COCÓ CHANEL

14/1/2006

Coco Chanel - Metropolitan Museum - New York

Se podría decir que Cocó Chanel fue quien inventó a la mujer moderna. Le sacó el corsé con varillas y le cortó el pelo, pero antes de eso, Cocó se inventó a sí misma.

Gabrielle Chanel nació en el hospicio de Saumur el 18 de agosto de 1883. Cuando tenía doce años murió su madre, y su padre no estaba dispuesto a hacerse cargo de ella y sus otros cinco hijos. Así que, como los abuelos no quisieron ocuparse de ellos, el padre ubicó a los tres varones en casa de familia y a las tres niñas las internó en Obazine, un orfanato francés enorme.
Gabrielle nunca superó aquel abandono. “Quería suicidarme. Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó”. Un orgullo que, años después, le llevó a su venganza.: transformar aquel humillante uniforme negro del orfelinato en bandera del buen gusto: un Chanel. Odiaba a su familia. “No me gusta. Se nace en ella pero no con ella. No conozco nada más espantoso que la familia”.
La vestimenta era sumamente austera y la disciplina que debían observar la hicieron muy testaruda, obstinada y rígida, actitudes que eran para ella un ancla de salvación.
Todavía no tenía sueños concretos, pero lo que sí sabía Gabrielle era que quería salir de ese entorno y ser libre aun al precio de quedarse sola. Pero para eso se necesitaba dinero.

Era el año 1900 y todavía no había alcanzado la mayoría de edad pero todos los testimonios que se conservan sobre ella de esa época coinciden en lo mismo, ella era especial, era algo singular, no una belleza clásica según los cánones de la época, no había en ella ni busto ni caderas, su pelo era espeso y rebelde y sus facciones marcadas y musculosas. Su aspecto tenía cierto carácter andrógino.
Se distinguía por su avidez por aprender y la distinción de la ciudad de Moulins le permitió observar en las calles a la gente elegante que paseaba.

De su educación en aquel orfanato le quedó una enseñanza que se convertiría en su sello ditintivo: la rigurosidad y la austeridad. Ya por entonces rechazaba los accesorios exagerados y consideraba que las joyas eran un signo de que la mujer quería convertirse en objeto del hombre. “Lleva más adornos que un árbol de Navidad” era una frase que decía siempre.

Gabreile tenía un sueño y era ser cantante de opereta. Con la ayuda de su tía Adrienne, cantaba en La Rotonde un café chantant de Vichy, un lugar típico de aquellos años. El final de una de las canciones (cargada de doble sentido) que logró cantar como solista le dio el nombre que la haría famosa: Cocó.

Así, en 1905 Gabrielle pasó a ser Cocó Chanel.

En 1910 se trasladó a Deauville para seguir a su amante Boy Capel, (un oficial de caballería que la sacó de aquel lugar) y abrió un negocio de costura con mucho éxito. Sus modelos eran revolucionarios y ella misma vestía en forma tan diferente que todas querían copiarla.
Cuando en el año 1914 abrió una sombrerería en París sus vestidos a base de jerseys y blusas blancas sin corsé ya eran famosos. Fue gracias al riquísimo duque de Westminster que logró abrir esta casa. Fueron amantes pero ella le devolvió hasta el último centavo que él le había prestado para iniciar su empresa.
Podríamos decir que fue a mediados de los años veinte que lanzó el estilo Chanel clásico, que consistía en un traje de punto de lana con una chaqueta recta y sin cuello, una falda corta a juego, que se llevaba con joyas estilo Art Déco falsas más chic que las de verdad y un sombrero marinero sobre el pelo corto. Algunos dicen que el estilo Chanel no es más que la sofisticación y la estilización del uniforme del orfanato.
También lanzó las famosas polleras tubo negras, los sobrios tailleur con una gardenia de piquet blanco como único adorno y las primeras carteras con la marca con la doble C entrelazadas.

Finalmente llegó el golpe de gracia, el perfume Chanel nº 5, uno de los perfumes que creó y que se hizo famoso en el mundo entero. La revolución de este perfume fue que incorporó materiales jamás utilizados en un perfume femenino que le daba más volumen y potencia y que además era mucho más accesible que los perfumes conocidos hasta ese momento. Cocó permitió la popularización del lujo y con su Chanel n° 5 todas las mujeres podían perfumarse y seducir. Hay un dato muy interesante que tiene que ver con el diseño del frasco del perfume más famoso del mundo: la línea del frasco está inspirada en un dibujo a carbón que Picasso le había regalado a Cocó en 1920, “La botella de perfume”.

Botella de Chanel nº 5

Cocó se convirtió en la modista más famosa del mundo. Vestía incluso a las divas de Hollywood. Comenzó a incorporar tejidos masculinos como el tweed para ropa femenina. Impuso los pantalones, la figura esbelta y los sombreros de paja.

Coco por Horst P. Horst, 1937

Durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra Cocó no diseñó. “No son tiempos para crear vestidos” decía. Tenía 59 años y conoció a Hans von Dinklage quien tenía 46 un oficial nazi que enamoraba a las francesas pero que eligió a Cocó. Ese romance le ocasionó la vergüenza de un proceso por colaboracionismo del que pudo salir airosa porque, como sostuvo su abogado en su defensa, “fue todo por amor”. El proceso vivido en esos años la marcó profundamente y no logró recuperarse hasta diez años después.

En 1954 dejó perplejo al mundo cuando volvió a abrir la casa de modas sin presentar ninguna novedad, simplemente revivió las mismas faldas tubo negras y los trajecitos de los años 30. Evidentemente, no se equivocó, porque en pocos meses todas las mujeres volvieron a vestir Chanel y a usar el perfume n° 5.

Coco y su Maison

Avejentada, maquillada como una trasnochada actriz de cine mudo y resentida por sus fracasos sentimentales, sólo cuando se encerraba en su casa, una habitación del hotel Ritz, volvía la Chanel frágil del hospicio de Obazine. Una huérfana de 88 años que se anclaba frente al televisor hasta la madrugada para no reunirse con los fantasmas. “Es como una enfermedad. No me decido a despegar el culo del asiento. Me horroriza ir a acostarme. Hace diez años que no me han besado en la boca…”. El 10 de enero de 1971 terminó su largo reinado sobre la moda. “Seré una mala muerta. Cuando esté bajo tierra me agitaré, y sólo pensaré en regresar para volver a empezar”. A los funerales de despedida asistieron Dalí, Yves Saint Laurent, Paco Rabanne y Balenciaga.

Foto de Henri Cartier-Bresson - 1964

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